jueves, 15 de noviembre de 2012

Violación, a fin de cuentas


               Contemplaste en silencio como se consumaba la violación. El penetrante abrazo, la despiadada soltura de la costumbre al removerse en el cuerpo de ella. Todo fue rápido, como siempre. Luego, algo se desplazó y tú decidiste huir, aprovechando la confusión del momento.
               Ella, la cerradura, no interpuso denuncia alguna. El llavero, ignorante aún de su incierto futuro después de lo sucedido, se tumbó a descansar en  el bolsillo. Y tú, cómplice necesario del hecho, tras comprobar que la puerta estaba completamente cerrada, te alejaste para siempre.
               Los vecinos, que también callarían, te observaban desde las mirillas de sus pisos. Bajabas los escalones sin hacer ruido, como un furtivo. Parecías –tú también- un violador, y quizá lo eras. Del ayer. De tu ayer, abandonado ahora en el pasillo, al otro lado de aquella cerradura.

2 comentarios:

  1. Genial.

    Sabemos servirnos de lo que hicimos en el pasado, pero casi nunca de lo que fuimos...

    Un abrazo.

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