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domingo, 27 de diciembre de 2015

Versos para el adiós


                                                                       De cuanto era mío, queda esto 
                                                                          (Trimetro yámbico. Sepultura romana, s. II)

De todo cuanto fui, apenas quedan
cenizas y memoria.
Se inmolarán al viento las primeras
hasta fundirse en tierra. Sin embargo,
los recuerdos que en otros
habiten sus rincones de nostalgia,
rescatarán del polvo mi existencia.


Más os dejo que aquello que me llevo
(sé que sabréis cuidarlo).
Al fin y al cabo, amigos, soy quien fui.
En vuestro corazón y en vuestros manos
queda mi historia, luego
de que aventéis mañana tanta ausencia.

                 
                  Versos para el adiós, se llamaba el certamen de Funespaña donde me premiaron hace poco este poema. Tomo prestado el título para la despedida del blog. Han sido casi cuatro años de peregrinaje, en medio de una incertidumbre tirando a apátrida. Es la hora del adiós y ya todo está perdido, nadie vendrá a salvarte, resumía Severino Tormes en su poema titulado, precisamente, El adiós. Quizá me encontréis por ahí, en cualquier callejón (obviamente, sin salida). No, no volvía tarde, ahora lo sé. Ocurre, tan solo, que ya no queda sitio alguno a donde ir. 


martes, 7 de abril de 2015

De cuando terminan los partidos



                                                                                        Y el verbo amar en tiempo de desconjugación
                                                                                                                         (Ángel García López)

              Mañana volverás a recordar todo lo que me quieres. Lo murmurarás, coincidiendo con el pase de Iniesta o la tarjeta amarilla a Sergio Ramos, imagino. Porque mañana hay partido, no lo olvides. Dirás -muy bajito, eso sí- que me quieres y, mucho más alto, que no entiendes como Villar puede ser tan imbécil. Bueno, imbécil también soy yo, por creer que puedas olvidar el clásico de mañana, si llevo veintisiete años compartiendo tu felicidad de tardes muertas y noventa minutos más descuento.

                 Mañana volverás a gritar que soy injusta, como todas las mujeres. Luego, gritarás que fue penalti, mientras estiras ese dedo acusador que me conozco, ya ves, falange a falange. Esta vez, el destinatario de tu índice no seré yo, ya sólo te quedará para enmarcar tu odio ese tipo de negro que aún soportará tus desprecios desde su rectángulo de plasma. Soy injusta, además de inculta futbolísticamente, porque ahora también los árbitros van de amarillo, o de rosa pálido, cómo cambia todo…

                Cómo cambia todo, incluso yo, que no estaré a tu lado cuando Messi sea zancadilleado al borde del área de las desilusiones. Que no estaré planchando tus camisas, yencimaquemepongoyomañana, pensarás mientras cuentan los pasos de la barrera. Que no estaré  planchando, tampoco, esos recuerdos de un tiempo fugado. Ya ves, las soledades se fraguan igual que los goles en campo contrario, la ausencia es un marcador en blanco, y tú sin nada caliente que cenar…

                Mañana volverás a extrañarme, en tu silente desprecio de noches insomnes y radio con auriculares. Te atravesarás en la cama como te atravesaste en mi vida, ocupándola como un derecho, desbordándola como un extremo por la banda. Pero québientesaleelbacalaoalpilpil, ignorabas que las lágrimas del desamor traban mucho mejor la salsa, a esas alturas Cristiano Ronaldo lanzaba un trallazo al poste izquierdo, y resonaba en la madera toda aquella tristeza en bandolera, a las mujeres no hay quién nos entienda. Con lo ocupado que estabas tú trayendo a casa tu jornal de marido ejemplar y tus silencios hoscos en el sofá de orejas.
             

                Mañana volverás a mirar con suficiencia esa foto sobre el aparador. Estarás seguro de que volveré, cómopodríavivirsinmíesazorra, a aceptar esa tangana de codazos y tarjetas rojas. Los moratones en la piel eran lo de menos, acaban por disimularse, y al fin y al cabo son lances del juego, seguro que los centrales leñeros también pegan a sus parejas. Los otros cardenales, ésos que se iban incrustando en la agonía de los días muertos, no estaban hechos para tu vista de pantalla LHD y moviola a cámara lenta. En el fondo, en ese fondo al que habíamos llegado, nos queríamos mucho, más o menos como Xavi y Casillas, abrazados al final del partido.
 
                 Mañana, el final de partido será diferente. Esta vez no habrá prórroga para los imposibles que se fueron deshaciendo como azucarillos en la indiferencia de los años. Ahora quedarán las tertulias porquélastíassiempreestánconlomismo, sobre sistemas tácticos. Somos complicadas, cierto, es mucho más fácil el cuatro-dos-tres-uno y el doble pivote. ¿Sobre qué pivotó nuestro amor mientras se resquebrajaba? Mañana, el final del partido será diferente. No tirarás el mando de nuestro ayer sobre la mesa, entre  restos de patatas fritas y esos cercos resecos de abandono. Esta vez, no habrá prórroga.


                No hay prórroga, pienso en silencio, mientras el aire me orea los sueños y se abre un futuro en la terraza soleada del bar. Es más, no volveré a escuchar el alarido del gol para un amor anulado por el tiempo. Tampoco te volveré a escuchar a ti. A cambio te dejo esta carta que habla, básicamente, de fútbol. O no. Quizá hasta decidas leerla, aunque yo nunca escriba nada importante, ni comparación con los periodistas deportivos. Por cierto, te informo, el televisor ha sufrido un inexplicable accidente. Está para el desecho, igual que nuestro amor. Pero no te preocupes, habrá más clásicos del siglo, al menos para mí. Todo pasará, lo mismo que has pasado tú. Dejando el marcador a cero, y un amargo final en el olvido.


                                                                                     Accésit Roquetas. Abril 2015


martes, 27 de enero de 2015

Secretos de quirófano, del mundo marino (y de las indemnizaciones)


               Junto a las piedras de la vesícula, le extirparon por error un par de recuerdos nostálgicos y una rebaba de conciencia incrustada en los conductos del ayer. Riesgos de la litotricia, concedió, maquillando con rímel su íntimo alivio. Como es lógico, demandó a médico y clínica. Aprovechó los trece mil euros de indemnización para hacerse una artroscopia del vacío y disfrutar un crucero por los fiordos noruegos.
             Tras una biopsia emocional, la clínica recurrió el veredicto. Al parecer, los recuerdos de la paciente se hallaban tapiados por millares de imágenes televisivas de prime time, y el fleco de conciencia presentaba una necrosis antigua, como de parvulario.
             Aunque prosperó el recurso, la clínica no recuperó el dinero. El barco donde gozaba del crucero naufragó, y los tiburones peregrinos acabaron con la demandada sin salir del albergue. Estaba recién desayunada y, además, los depredadores marinos sienten especial atracción hacia las vísceras huérfanas de sentimiento. 
             Sus hijos (profesionales de la cirugía, el seguro y la biología marina, respectivamente) cobraron seiscientos mil euros de la naviera. Olvidaron pronto el suceso, y nunca admitieron que disfrutar a tope de toda esa riqueza supusiera un conflicto ético. Aunque poco importaba, a esas alturas, con la memoria vesicular de su madre conservada en formol. Lo mismo que su vida.

martes, 16 de diciembre de 2014

Toda esa belleza de almanaques


                                            A un tal Vivaldi, a Landero, Sorrentino y Llamazares, por hacernos la vida más soportable
                                            A Jose Ignacio, a Rafa, por seguir ahí


           Verano. Restañando agravios, Jose Ignacio García Ruiz, víctima en nuestra común infancia de un ejercicio ético implacable, me sugiere escuchar a la Bartoli en el aria Sposa son disprezatta. Forma parte de la ópera Bajazet, del Prete Rosso, rescatada de algún arcón polvoriento. Me trae un sopor de vidas en suspenso, el universo claretiano donde nos conocimos, aquel preludio del futuro en unas aulas con pantalones cortos y sueños infinitos.
          
  Otoño. Doy recreo a mis sentidos –obligado verla varias veces, conviven múltiples películas dentro de ella- en la revisión de La gran belleza, ese impagable ejercicio de autolapidación creado por Sorrentino. Decadencia, abandono, soledad. Lluvia amarilla, escribió hace años Llamazares, hojarasca de urbes sin destino, esparcida sobre nuestra común infancia de pueblos abandonados.          




   Invierno. Paseo bajo el bloque de viviendas de la calle Constancia, donde  discurrió –escurrió, sería más apropiado- mi niñez, en el barrio madrileño de Prosperidad. Humedades del recuerdo bajo sus balcones, tan similares a aquel donde  Luis Landero (El balcón en invierno) veía pasar la vida, de charla con su madre, y la muerte, alrededor de la poliédrica figura paterna. Rememoro nuestra común infancia de pupitres y sotanas, aquella lasitud de geranios suspendidos, los diferentes fríos de diciembre, aquí, en la Prospe.
         
Primavera. Lo resume con maestría novelística Rafa Caunedo, portador ya en nuestra común infancia riazana de un lúcido sentido de la vida. En su columna de El Cotidiano, 30 octubre 2014, que titula precisamente “Nada y la belleza: Sé que este mundo no es perfecto, sé que incluso parece estar pudriéndose, pero me niego a que todo eso solape la belleza. Todo y…

            
             Músicas, reflejos, paisajes, miradas…. Estaciones que se suceden en los márgenes del tiempo, hojas de almanaque con anotaciones a lápiz sobre el olvido, seres con los que compartimos ese extraño oficio de vivir. Hilos de infancias comunes, de sueños similares. Inasible el presente, deshojo en silencio el calendario: por todas sus fechas, pasadas y futuras, rezuma todavía un tiempo de  belleza.              




  

martes, 18 de noviembre de 2014

Añoranza de San Esiquio


              18 de noviembre: San Esiquio. Procesión de hormigas vocales bajo dos cifras de almanaque. Otro día más para transitar por ese desvarío de los rodapiés. Giran en redondo, estúpidas, las manecillas del reloj. Giran, también, restos del desasosiego en el tambor de la lavadora. O quizá se trate de unas simples bragas, sabemos tan poco sobre sentimientos y coladas... La impostura reclama su diaria ración de pan a medio chamuscar, esa tertulia mediática de la catástrofe. Tiempo de  agonías, de lapidaciones, de patíbulos. Como todos los tiempos.

               Camino del bar, vómitos secos por los portales, sueños oxidados junto al contenedor. A falta de nieve, excrementos de perro sepultan las aceras de la memoria. Falta mucho para navidad y nadie enarbola aún botellas de cava como ofrenda al dios del goce impuesto. El camarero resuda su obesidad en la misma camisa raída de anteayer. Por supuesto, no regala décimos premiados. Ni siquiera el café. San Esiquio no conoció los bares, tampoco la lotería. Lo arrojaron al río Orontes con una piedra en el lomo. Afortunado, no tuvo que volver para arrastrarla, de nuevo, ladera arriba.
              
             Nosotros, sí, aunque finjamos ignorarlo. En los folletos del híper, anuncian la quincena de la amnesia, gran promoción de olvidos en oferta. 18 de noviembre: San Sísifo, imbécil y mártir. Tan digno, tan ignorante de su cotidiana muerte, por esa calle en cuesta, camino de la oficina.

         

martes, 22 de julio de 2014

Despedida de última sesión


                   Llueve en silencio desde el borde superior de la pantalla. Llueve, también dentro de ella, sobre los adoquines de un París herido y ceniciento, mellado por los sueños a deshora. Ronda la medianoche por la sala oscura, tú me hablas al oído de otros desgarros en nuestra historia rota, costurones en las raídas camisetas, compradas al amor de mercadillo. Confundido y triste,  te escucho a ti y –al mismo tiempo- escucho también a esa francesa gris de celuloide, adolescente de melena corta sobre un rostro mustio. Os escucho a ambas, quizá también a mí mismo, sin sentir nada, nada ya, nada ahora, vacía mi memoria como un actor perdido en el rodaje.
                  Es un guión con palma de oro y el aplauso de la crítica entendida. Los críticos elogian ese desencuentro fugaz de un par de botas altas de cuero y unos mocasines por los bordillos de una ciudad mojada. Me cuentas al oído que estás harta, que se ha hecho tarde para recuperar el eco adormecido de nuestros pasos, errantes huellas entre andenes polvorientos, surcados por trenes a deshora varados con retraso en nuestro amor sitiado. Apenas entiendo tus palabras, tampoco tus gestos de primer plano, casi prefiero el silente quejido de violines entre Montmartre y el patio de butacas.
                   En aquel café parisino los rostros se distancian, lo mismo que se alejan los nuestros en la fila siete. En su mirada esquiva, dibujada con el oficio de una primera estrella, el actor vuelca unas lentas gotas de hastío que caen sobre la taza desbordante de ausencias. Nos arrastra, también, un travelling que viaja hacia el vacío, como aquel recuerdo de otras tardes de entresuelo. Me repites otras vez que no me quieres, que te vas para siempre. Que no compre otra vez dos entradas en taquilla si la peli acaba mal, como la vida.
                    Sobre la mesa (plano cenital y melodía desgarrada de acordeón) agoniza una moneda y dos vidas rasgadas por el tiempo. Es lo que tienen, me consuelo, estas películas francesas intimistas. Pero te gustan, lo sé, siempre te han gustado. Aunque tu recuerdo huya ahora por la salida de emergencia.  Llovizna otra vez sobre los recuerdos, entre los que ya no estás. Quizá nunca hayas estado, creo que lo preferiría.  Renuncio a mirar el reloj, su mensaje digital solo me mostraría un tiempo ficticio, como el gesto de esperanza en el protagonista mientras abre el paraguas. Me quedo a ver los créditos arropados por un chelo en la penumbra, luego salgo despacio hacia la calle, bulliciosa de risas bajo las farolas. Ya no estás, me repito.
                   Ya no estás y tiritan de olvido las aceras. Repaso los fotogramas que anuncian los estrenos de otras salas. Para el próximo miércoles, quizá elija una peli japonesa. O puede que iraní, son lo más en esto del cine de culto y, además, allí siempre hace sol. Me quedo solo frente a la fachada vestida de carteles en color, decidido a revisar la cartelera. Esta vez lo conseguiré, me consuelo. Esta vez lo conseguiré, no quisiera perderte de nuevo en un París lluvioso.
                                                             Tercer Premio Certamen Sierra del Pozo. Julio 2014

martes, 10 de junio de 2014

Otra vez Kafka


                            Aquella mañana, el insecto se despertó convertido en Gregorio Sánchez. La visión frente al espejo le devolvió un asco infinito, aquella insoportable náusea, el mismo absceso de sórdida repugnancia.
           Como suele ocurrir en estos casos, añoró aquel tiempo perdido donde simplemente era un pequeño escarabajo. Y eso que aún ignoraba casi todo de los humanos.

             Luego, resignado, se anudó la corbata a modo de caparazón, y salió a la vida. Si se presta  algo de atención, aún resulta visible entre los restantes escarabajos humanos. Arrastrando tripa y miserias por la acera, dispuesto a pisar y ser pisado.

martes, 13 de mayo de 2014

De la entomología aplicada al sueño


            Cuando Gregorio Sánchez despertó esa mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró convertido en Subsecretario de Fomento. Durante todo el día trató de asimilar su nuevo estado, con incierto éxito. A la noche, rebuscó en la estantería aquel viejo ejemplar en rústica, icono literario de su juventud progre. Comenzó a leerlo tumbado. Se durmió en la página diecisiete.

             La mañana siguiente, Gregorio Sánchez amaneció periodista. Pasó a ser tertuliano de prestigio mediático, orgulloso fantoche capaz de crear, o destruir, opinión ajena. La jornada resultó ardua también, apenas compensada por los siete minutos escasos que disfrutó la lectura del texto interrumpido la noche anterior. Durmió profundamente.

             
               En días sucesivos, el alba lo atrapó convertido en ejecutivo bancario, cantante de concursos televisivos, parlamentario con la mayoría, deportista de élite, empresario de impor-expor o novelista comprado por el éxito, entre otras vidas, igual de ajenas. Eso sí, todas las noches, Gregorio Sánchez leía unas páginas de aquella inquietante fábula que le permitía dormirse pronto y en paz. En la paz de los insectos. Entonces, Gregorio Sánchez soñaba.

             Soñaba, rescatado de su atroz vigilia, con aquellos lejanos y felices tiempos donde un ciudadano de bien sólo podía despertarse metamorfoseado en cucaracha. 

martes, 29 de abril de 2014

Que hubiera elegido susto...



                  ¿Susto o muerte?, conminó, en su tono  más agrio, el Gran Inquisidor, ante la apatía de los restantes miembros del solemne Tribunal.  El reo titubeó, presintiendo acaso un destino tan incierto como su respuesta. Hereje a su pesar, ignoraba aún que se hallaba ante la casilla trampa del entonces popular Juego del Santo Oficio.
         Segundos después, el infeliz había perdido la partida. Que hubiera elegido susto, murmuró Fray Tomás de Torquemada mientras perfilaba su rúbrica divina sobre el tablero oficial de la condena.
        Que hubiera elegido susto…  Una buena partidita, así lo había aprendido en el Seminario Intensivo de Teología Aplicada, resulta el complemento idóneo para el rezo de Vísperas. Amén.

martes, 1 de abril de 2014

VIVIR FUERA DEL TEATRO


                      La pantomima con escenografía de tragedia épica en que se había convertido aquella parodia de su propia vida, le forzó a una dramática interpretación que –dado su expresivo oficio sobre las tablas- alcanzó a disfrazar de comedia de autor con tonos de sainete costumbrista.
                 Siempre le habían considerado -por su artificioso lirismo de dicción clásica y su ensayada tendencia al absurdo- el actor idóneo para protagonizar aquella especie de farsa a sesión única. Gesticulaba, transmutado en mimo, perpetrando burlescas astracanadas entre el patio de butacas.
        Cuando, en una insólita interpretación de sí mismo, hizo mutis en mitad del entremés, nadie supo apreciar desde la platea qué tipo de obra (qué tipo de muerte, en su caso) estaba representando. En consecuencia, el esperpento triunfó. Obtuvo un gran éxito de crítica y público, suficiente para huir entre ovaciones por la tramoya del Olimpo escénico.
              Contiguo al escenario se encontraba el camerino para  desmaquillaje de imposturas. Abrió la puerta, se quitó la máscara, desertó para siempre del melodrama. Vagó, debutante por los ensayos, como un novel actor de entreacto. Para él, primera figura en el libreto de la nada, jamás se volvería a levantar el telón.
              Ahora representa sesiones dobles en la barra del ambigú.  Vive, al fin, fuera del teatro.


martes, 18 de marzo de 2014

La inquilina (variaciones en la aproximación a una rareza insoportable)



                    En algún momento de su vida, quizá durante la imprecisa juventud, se le infiltró una idea. Ocupa, desde entonces, su cerebro. Dirige sus pasos, ordena el trastero de su existencia. Le hace infeliz, sin duda, en ese mundo rebosante de felices seres sin ideas.
         También le hace peligroso, entre tantas mentes inofensivas. La autoridad le controla a distancia. Él sabe, y acaso espera, que un día le obligarán a pasar por el quirófano para extirpar esa patología al acecho, la imprevisible amenaza entre neuronas.
            Pero la peor pesadilla siempre está dentro. Su idea, vengativa y cruel como corresponde, le aborrece. Torna su vida insufrible, le amarga los días sin disimulo. Proyecta en secreto abandonarle, aprovechando un rato de lectura, la digestión de una fabada, el partido de fútbol a media tarde.
             Parecería que la intrusa alberga, a su vez, otra idea única: desinstalarse para siempre de su opresor, diluirse en el escepticismo, en el vacío, incluso. No soporta la rareza, esa lacerante diferencia del ser donde habita de inquilina.
                        Probablemente -las especies en extinción son así de gregarias-  tampoco soporta la soledad. 


martes, 4 de febrero de 2014

Chándal en la memoria



                      A Tomás le conmovía la barriga levemente elíptica de aquel chaval, el abandono flácido del elástico sobre la cintura del chándal. Se detenía, Tomás dentro de su traje impecable, mirando al muchacho gordo, frente al escaparate que exhibía repuestos para bicicletas. Observaba aquel cuerpo oscilante, su vaivén de músculos en fuga, los inversos pasos del tiempo hostil en esas piernas que marcarían para siempre las diez y diez.

             Al principio lo veía pasear con la abuela, un amasijo de retales negros sobre arrugas en desbandada. Tiempo después, era la madre quien lo acompañaba, quizá la abuela había partido de viaje. La madre tenía un gesto resuelto, propio de quien suele ocupar a la carrera el asiento libre del bus. El chico, sin embargo, mantenía una dignidad de perímetro al sol, como los tentetiesos que Tomás detestaba en su infancia.

           El día previo al retorno ensayó la prueba decisiva. Se detuvo junto al escaparate de repuestos para bicis. Cuando se cruzó con el adolescente en chándal, Tomás fingió un desvanecimiento. Se oyó pedir auxilio a la madre. Eso sí, sin acercarse a aquel individuo que tanto la perturbaba.

              Mientras un transeúnte le tomaba el pulso, Tomás alcanzó a ver al chaval, quizá por última vez. Tensaba con indiferencia el elástico del chándal, sin vislumbrar su porvenir de tipo serio, algo fondón pero elegante. Un tipo que se desvanecía de pronto, bajo los soportales, cuando no era reconocido por su propio ayer en chándal.

martes, 21 de enero de 2014

Imprescindibles

                                       
                                    Vio, y ayudó a ver, en aquellos tiempos de oscuridad obligatoria
                                           (Galeano, a propósito de Galileo. Extraída, precisamente, de su libro Espejos)

              Los amigos, la familia, algunos seres vagamente amados… Esencia de otredades pulverizada en espray sobre las cuarteadas axilas de nuestra existencia. La vida sin ellos –aseveran los manuales- resultaría incompleta, un puzle con las piezas desencajadas. Por pura cobardía, admitimos el axioma de su imprescindibilidad.
             
              
             Aceptémoslo, son necesarios, además de convenientes. Aunque no tanto por su función como por su ubicación: la latitud exacta de nuestra miseria.
            
             Los otros, ese infierno sartriano, siempre en medio. Se interponen, y eso nos salva, entre nuestra mirada y el espejo.


martes, 7 de enero de 2014

OJOS

                                                                                                 ...el ojo arrodillado en la ventana
                                                                                                                                    (Juan Bello)   
        
             Estudié oftalmología. Pretendía desentrañar los secretos del ojo de las cerraduras, descubrir esa ganzúa mágica capaz de horadar todas las puertas.
        Me extravié, la vida es así. Acabé enredado, hilo siempre fuera del ojo de la aguja, perplejo nudo entre la terquedad del tiempo y la esperanza de remendar imposibles.
       Viajé, la mirada virgen. Desde mi soledad de ojo de buey, intuía el oleaje que acabaría por llevar a pique aquel crucero de ausencias, la agónica brazada de un navegante sin isla ni espejismos.

        Ahora uso gafas. Puesto a ver (a ver, por fin), me he introducido en el ojo del huracán. Apostado en mi presbicia, oteo el viento devastador. Viene hacia mí, enceguecido. Destruye todo a su paso, ese vendaval de soledad que los meteorólogos de las emociones llaman vida.
    

martes, 24 de diciembre de 2013

Era festivo (versión sui-génesis para navidad)


               
            El séptimo día, descansó. Pero resultó ser navidad, y no había fútbol. Aprovechando la dejación divina, se amotinaron en el belén un puñado de figuritas horneadas la víspera y recién maceradas en espumoso. Enarbolaron banderas y acabaron clavando  las astas en el barro, aún informe, de sus compañeros de creación.

      Esa festividad fue declarada por los agnósticos el Diasindiós. Para los antropólogos, sin embargo, significó la dispersión por la tierra del homo sapiens. Ése que canta villancicos mientras se debate entre el dolor ajeno y la resaca.


martes, 10 de diciembre de 2013

Asiento trasero

                
                Cuando voy en coche, siempre escojo los asientos traseros. Las nucas en silueta de mis acompañantes me resultan, con diferencia, más apasionantes que los desfiles de árboles alienados, alineados en su monotonía de arcenes. Además, desde mi observatorio puedo evaluar los comentarios y los silencios de los demás, sin que me confunda la impostura de sus gestos. No sé, viajar en las plazas de atrás me produce una sensación de oculto poderío, algo así como asistir a una resonancia de almas ajenas a través de su propio cogote.

         Lo más curioso de esta costumbre es que los otros no se aperciban jamás de este acecho a su desnudez. Desde la soberbia de sus asientos delanteros, miran permanentemente hacia el futuro. Una y otra vez la carretera, esa ficción del porvenir que parece desplegarse ante sus ojos. Para ellos, alguien como yo solo existe en el retrovisor interior, ése al que nadie hace caso. Pobres infelices, ignorantes en viaje hacia la nada, no hay espaldas en sus vidas.
              

martes, 26 de noviembre de 2013

Tonto de remate

       
             Soy moderadamente imbécil, o eso parece. Miro cuadros con los ojos cerrados, mordisqueo el hueso de las aceitunas, persigo autobuses fuera de las paradas. Mi familia me ha dado ya por irrecuperable, y el médico de cabecera me receta colecciones de  ansiolíticos con cuyos envases voy construyendo el puzle de mi otra vida.
             Ahora bien, soy consciente de que no debería dibujarme a medias tintas. Es más, para no seguir fingiendo, reconoceré que soy rematadamente idiota. Mucho más de lo expuesto arriba. Colecciono empanadillas a medio freír, leo periódicos de la semana que viene, y –cuando me explican las delicias del amor- finjo que escucho con atención, como si creyese que algo así pueda existir.

martes, 12 de noviembre de 2013

Una errata más

               Perseguía erratas sin descanso, era su obsesión. Coleccionaba defectos de imprenta, tanto en lujosas ediciones únicas, como en multitudinarias tiradas de bolsillo. Llegó a acumular miles de ellas en aquel baúl, un tropel desordenado de frases extraviadas, letras confundidas y vocablos en pleno desvarío.
          
      Cuando consideró que su obra estaba a punto de terminar, abrió la tapa del arcón, exhibió ante el espejo su sonrisa más escéptica, y se introdujo dentro. Siempre había sido consciente del lugar al que pertenecía.


El tipo de la imagen -quien, por cierto, poco tiene que ver con el protagonista del micro- es Julio Silva, diseñador de la primera portada de Rayuela, en 1963. (Fotografía de Rafa Francés)

martes, 29 de octubre de 2013

Recomponer la partida

           
       
            En mitad de la vaca decisiva, la sota de espadas atraviesa el corazón del jugador de mus y se pone en fuga. Las cartas con figura son así, parece. Mientras la UVI móvil evacua el cuerpo desangrado, sus compañeros debaten con angustia las posibles alternativas ante la situación creada.


         La solución encierra una incógnita difícil de despejar. Pueden reanudar el juego, encontrar un sustituto para la víctima… Pero, ¿cómo recomponer la baraja, ahora que uno de sus naipes –ése sí, irreemplazable- huye del mazo, sospechoso de asesinato? ¿Cómo reanudar el juego, si falta una de esas incertidumbres de cartón con las que solemos envidar al futuro?



martes, 15 de octubre de 2013

Pausa para la ducha

              Al otro lado de la mampara, un cuerpo emborronado en gel y mediodías. Hace unos minutos me pertenecía, nos pertenecíamos el uno al otro, bajo esa tozudez de amantes con su rostro abierto al vendaval del desapego. Yo disfruto esos ratos, macerado en los músculos de ese cuerpo, explorando el cauce de sus humores como un conquistador de territorios membranosos. Pero también me aburre, tan presuntuoso en su dinámica de sístoles y digestiones, estúpido conjunto de engranajes con el destino tatuado.
       
         Por eso, aprovecho los momentos más íntimos para abandonarle, La ducha, por ejemplo, ya lo he dicho. Pero también, los esbozos de sexo, las tardes frente al espejo herrumbroso, el instante de ese vago gesto al abrir un contenedor amarillo. En esos momentos, puesto en fuga, aprovecho para mirarlo. Sin que él me vea, claro, sus ojos tienen un alcance limitado, y además arrastra un fleco de presbicia al por menor. No sé, un día de éstos, lo mismo decido emanciparme. Vivir sin ataduras, ya me entienden.


         No, no piensen que pretendo mudarme a otro cuerpo distinto. A estas alturas, con lo que tengo visto, prefiero la soledad de las alcantarillas, el paso errante sobre los callejones sin destino fijo, la ausencia de humores y miserias. Un día de éstos, ya veré... Ahora debo prepararme, ya sale de la ducha, y no quiero que me vea, así, como si estuviera murmurando a sus húmedas espaldas. Además, está tan atractivo, con su pelo brillante y ese olor a gel y mediodías…