Probad a
deleitaros con la sexta de Beethowen sin haber cenado
(Raimon, entre mecheros, en los años 60)
Los voluntarios del banco de sentimientos se
presentaron a la hora convenida. Debían hacer el reparto gratuito de emociones
que era habitual los martes. Llevaban raciones de amistad bien envasada, boles
completos con el amor rebosando esperanza, tupper herméticos para conservar la
ilusión y el cariño…
Tuvieron que marcharse, no había
nadie esperándolos. En el local contiguo, a reventar de indigentes, los
voluntarios del banco de alimentos repartían cocido ese mismo día. Donde va a parar, colega, menuda diferencia,
decía un harapiento exvendedor de pisos a su desheredado compañero, mientras le
veía caer –con envidioso sentimiento, eso sí- un hilillo de grasa de chorizo
por la comisura de los labios.















































